lunes, 19 de marzo de 2007

Marejada

-¡¡Miguel!! ¡¡Miguel!!
-¿Quéeee?, ya voy.
No sabe que con solo el ruido que hace la manilla de la puerta de mi habitación ya lo siento entrar. Tengo un sueño muy ligero y me despierta cualquier cosa.
Reconozco que sigue haciéndoseme un poco extraño levantarme a las tres de la mañana. Todo oscuro, todo en calma.
En casa todos duermen, mis hermanos, mi abuela, bueno, todos no, menos mi madre. Ella dice que vuelve a dormirse pero algo me dice que no. Y en parte no me extraña. Saber que su marido y su hijo mayor se van a la mar con todo lo que conlleva esa profesión… Mi padre lleva toda la vida dedicándose a eso y ella debería estar ya acostumbrada pero no, dice que a eso nunca se acostumbra nadie.
Bueno, me voy a levantar que ya oigo a mi padre lavándose la cara en el cuarto de baño de la planta de abajo. Me hace gracia porque hace un jaleo tremendo con la boca y el agua. Yo para eso soy más discreto y para no despertar a nadie lo hago despacio, así como para lavarme los dientes que cierro la boca para hacer menos ruido.
Como siempre tengo la ropa de faena bien colocadita sobre una silla a los pies de mi cama. Mi madre de eso si que nunca se olvida. Cuanto trabajo le damos dios…
Bajando por las escaleras voy pensando como siempre en que a esas horas, parece que la vida está detenida. No se oye una rata, está todo en una calma que hasta da miedo.
Ya fuera de casa y después de haber dejado bien cerrada la puerta de la entrada, los dos miramos al cielo para ver cómo está, despejado, nublado… Aunque mi padre no se pierde el pronóstico del tiempo en todos los informativos de la noche, no termina de fiarse y comprueba una y otra vez el cielo. Hoy hace un poco de fresco pero ese ligero viento creo que no nos va a impedir zarpar. Las redes que ayer dejamos pescando a unas cuatrocientas millas de la costa, prácticamente en perpendicular al pueblo, nos esperan cargadas de pesca, seguro. De todas formas hay que esperar a llegar a puerto y comprobar también con los aparatos del barco el tiempo y el estado de la mar. Aunque de eso se encarga el "patrón", mi padre.
Antes de salir tenemos que recoger a otro tripulante, a Suso. Es sobrino de mi padre y primo carnal mío. Vive también en el pueblo y se casó hace poco con una chica de Asturias. Lleva más o menos el mismo tiempo enrolado que yo, dos años y unos meses. Es trabajador pero este oficio no le gusta demasiado, si pudiera encontrar algo en tierra seguro que se quedaba y no me extraña, es muy dura esta vida y si estás recién casado, aún más.
Al no haber prácticamente tráfico en la carretera nosotros llegamos en quince minutos aproximadamente pero la mayor parte de los días ya están allí Álvaro y Julio. Ellos son el resto de la tripulación. Los dos vienen también en un coche pues son vecinos de un pueblucho muy cerca del nuestro. Llevan muchos más años que yo trabajando con mi padre en el barco, "¡toda la vida!" como dicen ellos. Parece mentira que siendo y perteneciendo al mundo rural, con ganado, tierras y tal, se les de tan bien el tema de la mar. Cada uno en su casa tiene su pequeña granja que cuidan sus mujeres, hijos y demás familia. Sin duda tiene que entrar bastante dinero en sus casas con todo lo que trabajan todos y bien que se lo merecen, pienso yo, porque además de buena gente, son muy trabajadores.
Las tres y media pasadas. El patrón tras comprobar los datos con el instrumental del puente nos confirma que partimos y estamos ya saltando a cubierta con nuestras "mochilas" de comida en la mano. Aun no se de dónde viene el nombre de "mochilas" cuando realmente son cestas pero bueno, siempre les llamaron así y por mi, no hay problema. Realmente en ellas encontramos las vitaminas que tanto necesitamos. Toda la noche y gran parte de la mañana trabajando nos deja el cuerpo muy débil y sobre todo, hambriento.
Tras ponernos todos la ropa de aguas, Julio baja a las máquinas para encender el motor y yo subo con mi padre al puente. Me gusta estar allí con él viendo y aprendiendo. Tengo todavía veintidós años, he sacado el bachiller a duras penas pues no soy un gran estudiante aunque reconozco que he pasado bastante de los estudios y no me he aplicado demasiado, pero pese a todo ya hace tiempo que me ha planteado estudiar otra vez, pero ahora, para obtener el título de Patrón de Altura y Bajura y tener mi propio barco o poder patronear otro tipo de embarcación. No me importaría una más grande y que no se dedique a la pesca, pero bueno, eso ya irá surgiendo y lo primero es tener los títulos para los que tendré que hincar los codos unos años y fuera de casa. La escuela más cercana es Gijón y allí es a dónde me tendré que ir a estudiar.
-¿Viste ese nubarrón en el radar? ¿Qué es?
- Es una tormenta. Está a unas novecientas millas de dónde tenemos las redes pero con este viento del noroeste se irá alejando cada vez más, ya lo verás.
Bueno, su respuesta no me tranquiliza demasiado. No es la primera vez que el viento cambia en medio de la faena y eso nos lleva dado algún que otro susto. Mientras el viendo sople así no hay problema, lo que si es ya preocupante es el vendaval. Éste sopla de tierra a fuera y en la costa cantábrica es muy peligroso; sobre todo para barcos pequeños como el nuestro. Lo que hace el cabrón es empujar hacia fuera, mar adentro y llegar a tierra se hace imposible por el oleaje y el viento en contra. Lo dicho, muy traicionero pero bueno mi padre tiene ya mucha experiencia y si el dice que no hay problema, no hay problema.
Enfilamos despacio ya la boca de la ría.
- Toma, coge el timón un rato.
Caray! eso si que me gusta. No lo suelo hacer muchas veces porque casi siempre llevamos el piloto automático pero cuando lo puedo llevar me siento el capitán de un gran trasatlántico cruzando los océanos. Se me ilumina la cara y saco pecho aunque pronto lo vuelvo a meter al ver a Álvaro meando por estribor como si tal cosa. Qué manera de fastidiarle a uno esta sensación, que poco glamour…
Llevamos ya una hora de camino. Los días que ya tenemos las redes pescando del día anterior, se hace un poco aburrido el viaje. Cuando aún no lanzamos tenemos que ir "esparando" los aparejos mientras salimos de puerto, o sea, separando los plomos (que es la parte que se hunde en el mar) y las bollas (que es lo que flota). Esto es un poco más entretenido, bueno esto, más las cosas que vamos contando para no aburrirnos. Nos echamos unas risas para llevarlo un poco mejor, la verdad.
Poco a poco la costa se hace cada vez más pequeña hasta desaparecer en el horizonte. Cuanto más salimos más nos engulle el mar en su inmensidad. Sorprende la fuerza de éste y como menea el casco como si fuera de cartón, de un lado a otro, adelante y atrás, siempre, constantemente. Ostras qué mal lo llevo pasado, cuántas veces me he mareado hasta expulsar por la boca hasta el alma. Y es que con este continuo movimiento, a veces brusco, cuenta muchísimo controlar el cuerpo (y el espíritu).
Las siete de la mañana más o menos.
Allá lejos ya vemos las boyas, en diez minutos llegaremos.
¿Qué tal pesca habrá hoy?. Espero que los aparejos hayan hecho bien su trabajo y nos traigan mucha captura. Eso significa dinero a fin de mes, dinero que nunca viene nada pero que nada mal.
El patrón reduce la marcha apagando el motor y dejando que la fuerza de las hélices nos sitúe al lado de las redes. Ya parados completamente Julio con un gancho intenta llegar a uno de los extremos de la red. Con cierta facilidad logra traer a cubierta la primera boya y yo ya tengo preparada la "aguja" para enrollar en ella el aparejo y que sea ésta la que tire de la pesca que traiga.
-Dale!, dale ya!.
No sin dificultad, la máquina comienza a tirar. Lo primero que vemos son muchos agujeros en las mallas, rotas por el oleaje y los peces que consiguen safarse de ellas. Luego si, ahora ya empiezan a subir buenas piezas, lo que más, merluza. Sin duda es lo que más nos interesa porque al llegar frescas a la lonja, logran un valor importante para los compradores y claro está, con el consecuente beneficio para nosotros.
Según van saliendo las vamos liberando con las manos y las depositamos en cajas de plástico ya preparadas para estas cosas.
De vez en cuando giro la cabeza. Mi padre no se pierde detalle de la pesca y lo veo mirándonos fijamente a través de las ventanucas entreabiertas del puente.
Llevamos ya casi media hora sacando las redes del mar. Todos nos hemos sacado la parte de arriba del traje de aguas y estamos con el pecho descubierto. En esos momentos el sol ya nos abrasa la espalda y los brazos y el sudor nos empieza a caer por la cara. Menos mal que la ligera brisa del norte nos refresca el cuerpo.
Tenemos a bordo ya las capturas del tercer aparejo y vamos por el cuarto. El tiempo vuela cuando estamos entretenidos, como el cualquier trabajo yo creo.
Un fuerte silvido me recuerda que son sobre la una del medio día. Es mi madre puntual como siempre. A medio día siempre nos da una "pitada" (como se dice en el argot marinero) por la radio frecuencia que tenemos instalada en casa y en el barco. Dice que van a comer, que no hay ninguna novedad y nos pregunta por el tiempo. No escucho a mi padre responder pero me imagino que le cuenta que hace mucho calor y que la mar está en calma "chicha". Las conversaciones normalmente no son muy prolongadas, ella sabe que estamos trabajando a tope y cuanto más tiempo perdamos más tarde llegaremos a casa por la tarde, cosa que no quiere, seguro.
Hoy no he oído a mi padre hablar con nadie de otros barcos también por radio y ya es raro. El tiene buenos amigos también patrones en otras embarcaciones y muchas veces se le escucha comentar cosas del tiempo, de la pesca, de la mar…
Nosotros seguimos a lo nuestro que es sacar, sacar y sacar. Llevamos ya unas veinte cajas y esto nos anima a seguir. Hoy va a ser una buena jornada, seguro.
Hay un momento que el sol se cubre un poco con unas pequeñas nubes, cosa que agradecemos mucho pero entre nube y nube, vuelve a salir y todavía pega con más fuerza y eso si que es un poco raro porque, cuando sucede eso es que algo está pasando con el tiempo. Cada uno mira al cielo como buscando una respuesta. ¿Y la brisa que nos refrescaba?, ¿Qué pasa?. Es en ese momento cuando nos miramos con cierto nerviosismo.
-¿Qué pasa?
- No hay brisa.
- ¡No sopla el viento!
Julio es el primero en hacerse oír.
- Patrón!, ¡ha parado el viento!
- ¿¿¿Va a cambiar o qué???, me pregunto yo.
Me giro a mi padre y lo veo ya muy nervioso mirando los aparatos. Nosotros nos quedamos paralizados mirándolo puesto que nunca lo habíamos visto tan alterado.
Nos hemos olvidado de la captura y de que la aguja está funcionando.
Son segundos que se hacen horas. Esperando más que nunca unas frases tranquilizadoras de mi padre que no llegan. Nosotros callados y quietos.
De repente:
- ¡¡¡Picad, picad la red, rápido !!!
- Joder!, me cagüen… Soy yo quién de dos zancadas me planto en la cocina del barco para localizar un cuchillo. Nervioso abro los cajones que no son y no encuentro más que tenedores y cucharas. Dios mío, no puede ser, no puede ser. Por fin encuentro uno y vuelvo con los demás. Álvaro ya ha apagado la aguja y me pide a gritos que corra. Ahora el sol ya no brilla, hay un enorme nubarrón sobre él y la brisa ha vuelto a soplar pero ahora viene de nuestra espalda, No puede ser, a cambiado el viendo de repente.
Julio ha dejado a Álvaro para que corte las redes y éste ha bajado como una flecha a la zona del motor, ya ha vuelto a encender las máquinas pero hasta que la red no está cortada no podemos avanzar. Cortar las cuerdas nos está llevando mucho tiempo, están muy endurecidas de la salitre del mar.
-¡Ya está, dale patrón, dale!
El barco va girando sobre si mismo y ahora lo que no podíamos ver en el cielo por el armazón del puente del barco, se hace visible ahora. Es la tormenta que habíamos visto en el radar. Viene hacia nosotros y lo venía haciendo por detras en las últimas horas sin darnos cuenta. No vamos a poder esquivarla, no nos dará tiempo.
A toda máquina de vuelta a tierra. No hay tiempo que perder.
Llevamos unas pocas millas pero parece que no avanzamos. En el horizonte mar, mar y más mar.
Oigo a mi padre hablar por radio una y otra vez nervioso, muy nervioso.
Las olas cada vez son más grandes. Todo se mueve mucho y solo el echo de volver a vestirnos con la ropa de aguas ya se nos hace dificilísimo pues no nos aguantamos en vertical sobre la cubierta.
El barco comienza a sufrir ya las primeras envestidas de las enormes olas que se van formando ante nosotros. Todos intentamos movernos por el barco para guardar las cajas que habíamos pescado en la nevera antes de que no podamos ni mantenernos en pie.
Paulatinamente el casco va recibiendo cada vez más golpetazos, cada vez más violentos. El sol sale un poco y pronto se vuelve a cubrir; casi parece noche cuando esto ocurre. Yo miro de reojo al centro de la tormenta que está a unas tres millas de nosotros y allí abajo ya está lloviendo y veo caer rayos sobre el mar.
Vamos muy lentos, por dios.
A lo lejos, aún nada, solo agua.
Con el pescado ya guardado decido subir al puente. Mi padre va agarrado al timón como si estuviese pegado a él. Mira a babor casi continuamente para calcular la distancia a la que está ella.
- Baja a ponerte el salvavidas y dile a los otros que se lo pongan. Yo el mío lo tengo ahí atrás.
Preguntarle cómo no había visto que el tiempo iba a cambiar es una estupidez y es añadir un nerviosismo innecesario a la situación por eso trato de salir por otro lado.
- Ya hemos pasado por esto otras veces, no pasará nada. Este barco es duro y aguantará.
- Eso espero; eso espero. Baja ya y haz lo que te he dicho.
A duras penas consigo bajar del puente. Tengo que apretar mis manos muy fuerte a las barandillas para no salir literalmente volando. Cada uno está agarrado a lo que puede y en silencio. La tensión es máxima y supongo que en estos casos cada marinero pone su mente en casa y en los suyos.
Sus caras de miedo casi me hacen olvidar a lo que bajé. Todos estaban sin el chaleco y eso les digo:
-¡Poneros el chaleco!, venga.
Qué oscuro está todo. Ahora ya no sale el sol. No llueve pero tiene que estar a punto. Cómo ha cambiado el tiempo, es increíble, en cuestión de minutos…
Álvaro se levanta con intención de bajar hacia los camarotes a buscar los chalecos. En ese justo momento el barco se retuerce bruscamente tras un golpe tremendo de una ola por babor. El no puede sujetarse a nada y es arrojado violentamente contra unos barandas dándose un fortísimo golpe y quedando medio inconsciente. Tenía tanta fuerza esa ola que la cubierta se puso casi a noventa grados con lo que todos terminamos agarrados con las dos manos a cualquier cosa.
Álvaro se queja de la espalda y no puede evitar gritar de dolor, pero ¿cómo llegar hasta él?, todo se mueve muchísimo y no conseguimos aguantarnos ni de pié.
Mi primo trata de de alcanzarlo sin éxito. Vemos aterrados como su cuerpo es zarandeado por la cubierta como si de un muñeco se tratara. Está empapado y gritando tirado en el suelo. La escena es terrible para mi. Por fin, Suso llega hasta él y consigue sostenerlo por el cinturón del pantalón y arrastrarlo a la cocina. Es pesado pero con la tensión del momento ha tirado de él como si nada.
Todo está oscuro, terriblemente oscuro.
Las olas sobrepasan ya el casco y nos saltan literalmente. El barco va muy despacio, o mejor dicho, no puede ir más deprisa por el enorme oleaje y el viento en contra.
De reojo veo a Julio santiguarse sosteniéndose a la mesa de la cocina y sin querer moverse.
Otro golpe terrible por estribor, y otro y otro. El viento arrecia y yo temblando no se qué decir. Todo esto parece sacado de un libro o de una película americana sobre naufragios.
Oigo gritos.
- ¿Qué alguien suba a soltar las balsas?
Era mi padre pidiendo casi un imposible.
- ¡Julio! ¡baja!, creo que tenemos una vía de agua en los motores, me están fallando…
Tras un: -¡Dios mío!, Julio, como puede, consigue asomarse al pasillo que da a los motores.
- ¡Hay que achicar! ¡hay que achicar!. ¡Los motores se están inundando!
Pero ¿quién se movía?. Álvaro en la cocina entre grandes dolores, mi primo intentando sujetarlo con cuerdas al banco dónde nos sentamos a comer, y yo agarrado a la base del palo de popa con manos y pies y chorreándome el agua por la cara. Si me suelto salgo disparado, seguro.
- ¡Patrón, hay una vía en los motores!, ¡hay que abandonar!
-¡¡¿Qué dices?!!
-¡Hay que abandonar!, ¡Hay una vía en los motores! ¡una viaaaaaa….!
Escucho los gritos a lo lejos y están a pocos metros. Ahora es Suso que me llama.
-¡Miguel, entra!, ¡mira por Álvaro, voy a ver si suelto los botes!.
Ahora si que no me queda otra. En segundos me suelto y de un salto entro en la cocina. El está sujeto con cuerdas al banco y aún así sigue moviéndose. El barco es como un juguete en medio de mil niños traviesos.
- Creo que tengo algo roto por aquí, me duele muchísimo. ¿Qué pasa? ¿qué pasa en los motores?
No sabía qué decir, lo primero que se ocurrió fueron palabras tranquilizadoras dentro de lo que cabe, - Nada, nada tu tranquilo. Ya fueron allí a arreglarlo.
Allí dentro ya no veo nada. Con la puerta abierta escucho el agua correr como ríos sobre la cubierta, cables sueltos, el radar arrancado de su base se deshace entre golpes secos. En los ojos de buey de la cocina, golpea el agua como si en lugar de gotas, fuesen piedras. Allí dentro todo se mueve, todo salta por los aires. La cubertería entera está por el suelo. Fuera, silva el viento. Las puertas que se abren y cierran violentamente y éstas golpean los marcos. La madera cruje. Todo parece gritar en la embarcación como si ella misma tuviese vida y se quejase de tanto sufrir. A lo lejos escucho más gritos:
- ¡Patrón!, ¡échale una mano a Suso con los botes!
- ¡Patrón!, ¡échale una … dios mío! ¡¿patrón?!... ¡Suso el patrón?
Porqué grita así Julio, ¿qué ha pasado?. Ahora ya estoy fuera de mi, algo le ha pasado a mi padre y quiero saber qué. Fuertemente me agarro a todo lo que puedo y me asomo a la cubierta. Mira hacia arriba, hacia el puente y no veo nada solo agua, agua y más agua. Espera, ahora si, veo una pierna sobresaliendo del puente. Es mi padre sin duda. Tiene una pierna atrapada en la puerta de acceso y ésta se está cerrando y abriendo sobre ella, se la está machacando pero, él está en el suelo pues la tiene colgada fuera.
-¡Papa!, ¡papá! ¡papaaaaa…!
El agua de una ola me golpea en la cara y me hace callar de golpe. Casi sin poder ver nada sigo distinguiendo la pierna de mi padre inerte.
-¡Miguel!, métete dentro de la cocina y mira por Álvaro!.
- ¡¿Qué le ha pasado a mi padre?!, ¡contéstame Suso!.
- No se, voy a ver… Tu entra adentro, por Dios.
Estoy tan nervioso que no me puedo mover viendo aquella escena pero otra oleada de agua salada y otro bandazo que casi me tira al embravecido mar, me hace reflexionar y me doy cuenta de que la mejor decisión es meterse a cubierto.
Pasan los minutos y todavía no se nada de lo que pasa. Álvaro se está quejando de dolor a mi lado pero es el único grito que puedo escuchar. Fuera ya hace un rato que no se oye a nadie. Mi tensión me puede, tengo que ir a ver lo que pasa. Al tratar de llegar a la puerta noto que mis pies se mueven con dificultad, ¡¡es agua!!, todo está inundado. La cubierta está prácticamente sumergida, solo veo un poco del castillo de proa. El barco se hunde.
Salgo como puedo y asomo la cabeza para mirar hacia el puente. La pierna de mi padre sigue colgando y Suso y Julio ya no están. Intento mirar al mar, por los alrededores del barco y aparte de maderas, bolsas, cables, etc, no veo nada más. Grito sus nombres pero el viento y el agua me hacen callar nuevamente. Esto se hunde y yo con él.
-¡Papá! ¿qué te pasa?, ¡papá contéstame! ¡papá! ¡papaaaaaaa….!
Nada, no hay respuesta.
- Migueeel, ¿están las balsas arriba?
- Si, creo que si
- Ven aquí, ven aquí
Temblando vuelvo a dónde está Álvaro pasa saber qué quiere.
- El barco se hunde ya lo ves. Sube arriba y suelta una balsa. Sálvate tu por lo menos. Ya hace mucho que tu padre dio la voz de alarma en puerto y la radiobaliza lleva tiempo emitiendo señales de socorro y no tardarán en venir a buscarte. Yo no puedo apenas moverme y cargando conmigo nunca llegaras a la lancha. Vete ahora. Corre.
Aterrado no concibo asimilar lo que me está diciendo.
- No, ¿y mi padre? ¿y tu?, no me puedo ir sin él y dejarte a ti aquí.
- Miguel, ya no eres un crío, ya sabes lo que está pasando. Haz lo que te digo y hazlo ya.
No se de dónde saco la energía y la valentía para salir corriendo de la cocina y dejar allí a Álvaro. Estoy llorando como un niño y la rabia me ayuda a coger la escalinata del puente con fuerza y subir a por una balsa salvavidas. No puedo hacer otra cosa ya que tampoco llevo el chaleco. Allí arriba miro otra vez a los alrededores del barco y veo que tanto la proa como la popa están ya cubiertas de agua y las olas no tardarán en destrozar completamente el casco. Tiro de la anilla de seguridad. Ésta desprende el cascarón blanco que sale disparado por los aires y automáticamente la balsa se hincha sola y salta al mar y yo de un brinco consigo introducirme dentro y agarrarme a las cuerdas de seguridad. Si el barco se movía como un juguete, la balsa vuela literalmente por los aires sobre las crestas de las olas y yo, agarrado con todas mis fuerzas.
No se el tiempo que llevo dando tumbos dentro. Tengo que tener los codos destrozados pues me pican, veo que las caderas las tengo desgarradas, la ropa de la espalda rota del roce y ya que siento frío directamente en la piel. He tragado litros de agua salada que me provocan arcadas y no dejo de vomitar. Con esta tormenta jamás podrán venir a buscarme, es imposible. El echo de sujetarme tan fuerte a la vida ha hecho que mis manos sangren abundantemente y tenga arrugada y levantada la piel de los dedos que se me cae poco a poco.
Llevo horas así y ya estoy muy cansado, todos mis miembros están adormecidos por el esfuerzo. Hace mucho frío y además la poca ropa que me queda está empapada y pegada a mi cuerpo. Ahora es cuando ya soy consciente de que voy a morir aquí y que mi momento ya ha llegado. Sinceramente solo pido a Dios que me lleve ya, que sea rápido, que no quiero sufrir más. Solo quiero descansar mis brazos y mis piernas de una vez.
Ante mi, se comienza a levantar una ola de unos veinticinco metros, pienso que viene a buscarme para llevarme junto a mis compañeros dónde quiera que estén. Su cresta parece una enorme boca que va a tragarme y no quiero llorar. Yo, con los ojos cerrados pido salud para mi familia y que no sufran mucho por esto. En ese momento pierdo la consciencia o es quizá, también, la vida.
Anónimo